Pasó algo extraño. Y no, no fue de la noche a la mañana. Fue un proceso lento, muy lento, y a la vez bastante duro. Pero aquel día, tras infinitas luchas contra mi mente, lágrimas y negaciones, me di cuenta. Había conocido un nuevo sentimiento, una oscura y extraña sensación que se había apoderado de mi cuerpo durante varios meses y que no sabía cómo combatir.

Los síntomas eran claros: tristeza generalizada, pérdida del apetito, desorden mental, incapacidad para saber cómo actuar correctamente, sensación de vacío… lo que a mí no me parecía tan claro era el diagnóstico. Mis conocimientos “sentimentales” no daban para tanto.

Al principio renegué de ello. Decidí que pasaría solo e intenté silenciar esa vocecilla en mi cabeza que me decía que “algo en tu vida no va bien”, pero fue imposible. Cuando quería darme cuenta, ya estaba sollozando y pensando en que ya nada volvería a ser lo mismo. Todo había cambiado. O yo lo había cambiado. Aún no lo tenía claro.

Fueron meses duros, en los que la pena y la culpa se apoderaron de mí. Mis pensamientos no se aclaraban. ¿Qué había pasado? ¿Fui yo la que decidí acabar con todo, o simplemente fueron las circunstancias? Fuera lo que fuese, todo me llevaba a la misma conclusión: mi vida ya no era la misma. Todo había cambiando. O yo lo había cambiado. Aún seguía sin tenerlo claro.

Me sentía culpable, y no sabía muy bien por qué. “No he hecho nada malo” me repetía día tras día, “pero quizás podría haber evitado que hubiera pasado”, me machacaba noche tras noche.

¿Sabes, Sofía? la mente humana es un motor que no todo el mundo sabe cuidar. Es complejo, falla y se atrofia. A veces pesa demasiado, tanto que no nos deja dar un paso mirando al frente. Cuando se desengrasa le cuesta arrancar, y suele necesitar que otra mente aplique aceite para que avance. Pero encontrar un aceite compatible con nuestra maquinaria no es tan fácil, pareciéndonos incluso imposible. Mientras tanto, a nuestra herramienta, a nuestra mente, se le hace cada vez más difícil arrancar.

El alma, tratando de luchar contra los errores de la maquinaria mente, puede salir también perjudicada. Agotada, cansada, harta de luchar contra una fábrica de malas ideas sin ilusiones ni ganas de funcionar. En este escenario, es posible que incluso físicamente sintamos cómo nuestra alma quiere salir de nuestro cuerpo, escapar, alejarse de aquella mente que no funciona como solía hacerlo, porque ha perdido una de sus piezas principales. Esta era la sensación que me inundaba día tras día.

Decidí que tenía que hacer algo. Estaba estancada. No disfrutaba de nada, yo, que todos los días de mi vida me había levantado de la cama con una sonrisa de oreja a oreja. Llegó un momento en el que dejé de reconocerme, y eso es lo que más me dolió.

A partir de entonces, escribí una frase en mi cabeza, un lema que me acompañaría durante cada día, cada hora, cada minuto, y que me recordaría que mi motor no estaba roto, no, solo había decido cambiar su ritmo de funcionamiento para coger fuerzas y evolucionar, modernizarse: “no busques soluciones fuera, sino dentro de ti. Tú eres el motor y el único aceite que puede engrasarlo”.

 

Autora: Ana Huertas

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Comments ( 2 )

  • JM Carmona

    Hola, Sofía (o Ana, no sé si eres quien mueve los hilos de Sofía).
    Me ha gustado mucho tu primera carta, solo quería que lo supieras. Creo que todos hemos (y tenemos) que pasar por esa catarsis sobre la que reflexionas.
    Estaré al loro para la siguiente carta.
    Un saludo.

    • mellamosofia

      Muchas gracias! Me alegro de que te haya gustado! Espero que te animes a escribir algo y a enviarlo a sofiaficcion@gmail.com

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