Desperté de un sueño profundo, me había tumbado para acabar mi discurso y dos horas después me encontré tirada en la cama, con el sol de la tarde pegándome en la cara y desorientada por completo.

Era viernes, junio, para ser exactos 15 de junio de 2013, y era el día de mi graduación. Después de toda mi vida en el mismo colegio rodeada de mis amigos de siempre era hora de decir adiós, de enfrentarme a una nueva realidad: una aventura que estaba deseando que comenzase. Aún sin poder abrir los ojos del todo, miré el reloj de mi móvil y conseguí diferenciar los números que marcaban la hora.

–Mierda –mascullé.

Tenía tan solo una hora para terminar de escribir mi discurso de despedida, arreglarme y llegar al acto a tiempo.

Salté de la cama tan rápido como pude, agarré mi ordenador y las palabras empezaron a surgir de mi mente de una forma sorprendentemente rápida y motivacional. Había tardado más de una semana en escribir una mísera página, y en tan solo veinte minutos había conseguido escribir otras dos más y reestructurar todo lo anterior. Quizás fue la siesta, o quizás el poco tiempo que tenía, pero las palabras brotaron sin ningún esfuerzo. Creía firmemente en la idea de que mi ingenioso discurso fue gracias a estos dos factores, pero ahora, mirándolo con perspectiva, es cuando me he dado cuenta de que en realidad hablaba desde mis más ansiados deseos para la futura vida que nos esperaba a mí y a todos mis compañeros. Teníamos tan solo 18 años recién cumplidos, pero en ese momento realmente sentía que todos y cada uno de nosotros conseguiríamos comernos el mundo. Inocencia, le llaman…

Me maquillé de forma sencilla, tan solo con un poco de polvos y rímel -no me gustaba ponerme potingues en exceso- me solté mi larga melena morena y deslicé mi nuevo vestido color rojo por mi cabeza. Era sencillo, juvenil, pero a la vez algo elegante. Me puse unas sandalias de tacón alto color nude y me planté frente al espejo. El vestido me quedaba como un guante; el corte recto y el largo -más bien corto- del vestido alargaban mi figura y tapaban mis caderas, las cuales odiaba.

Con 18 años la mayoría de mis amigas aún seguían teniendo un cuerpo menudito, más parecido al de una niña que al de una mujer. En mi caso era al contrario. Me había desarrollado más rápido que ellas y mi figura era algo más curva. No estaba rellenita ni mucho menos, pero mi cuerpo dibujaba una silueta que a esa edad, no es que pegase mucho… mi madre siempre me regañaba por no querer mi cuerpo, me decía que debía ser más segura y dejarme de comparar con las demás, pero no lo podía evitar, era una persona insegura.

A pesar de mi falta de autoestima, aquel día me veía preciosa, estaba frente al espejo y no podía parar de mirarme y pensar en el cabrón de Carlos Torre y en lo que se estaba perdiendo.

Carlos había sido mi primer novio y me había dejado solo hacía un mes por su ex novia, Eva, una rubia de piernas infinitas y ojos azules. En el fondo siempre había pensado cómo un chico como Carlos, atleta, guapo y un auténtico sol -o eso creía- se había podido fijar en alguien como yo, una chica que no encajaba en los cánones de belleza de la gente de nuestra edad, algo vergonzosa y nada “popular” en comparación con muchos de mis amigos, que eran la popularidad en persona, los reyes del mambo, los chicos “más guays” del cole. Mi grupo de amigos había sido el mismo desde los tres años, éramos 7 en total, tanto chicos como chicas, y nos encantaba estar juntos. Carlos no formaba parte de él, por fortuna bendita.

–¡Nena, vamos a llegar tarde! –la voz de mi madre gritando desde la cocina me sacó de mi ensimismamiento.

–¡Ya voy! –grité.

Cogí mi bolso y mi discurso y salí corriendo. Mis padres me estaban esperando en el coche, y mis tres hermanos, Arturo, Raúl y Javier, ya habían salido para el colegio. Llegábamos tarde. Una de mis especialidades.

—–

Subía corriendo la calle de mi colegio mientras mis padres buscaban aparcamiento cuando visualicé la corta y rubia melena de mi mejor amiga, Andrea, una pequeña pero matona joven, muy risueña y con un fuerte carácter. Se la veía radiante con su nuevo y corto -cómo no- vestido azul, pero en su cara podía predecir que me iba a caer una buena bronca.

–¿Dónde estabas? –dijo con voz agitada y acusadora.

–Perdón me he dormido –respondí casi sin aliento.

–¡Vamos, estamos ya todos dentro esperándote! Y hace un calor de mil demonios…

El salón de actos de mi colegio no era excesivamente grande ni bonito, pero la sensación que me transmitía era de tranquilidad. Nunca me ha gustado hablar en público, de hecho lo odio, pero siempre se me ha dado bien escribir, y por eso mis compañeros me putearon y fui la encargada de redactar y leer el discurso. Debería haber estado nerviosa, pero me sentía con confianza, sabía que saldría bien. No he sido nunca una persona sensible, de hecho, soy más bien algo seca, aunque creo que mis grandes ojos verdes siempre han sabido transmitir a la gente cómo me siento en cada momento sin necesidad de derramar una lágrima o de que abra la boca, y en ese momento me sentía genial.

A las dos horas que duró el acto le sucedieron la cena junto a nuestras familias y profesores, y por fin, la fiesta que tanto habíamos estado esperando. Éramos 25 en la clase, y entre todos habíamos alquilado un espacioso y veraniego local con parte de terraza, en el que poder pasar la noche todos juntos celebrando nuestro “cambio de era”. Nos íbamos a la universidad, y eso había que celebrarlo por todo lo alto.

Yo no había estado en el “comité de fiestas”, como llamábamos a aquel grupo que se encargaba de organizar todo, pero algunos de mis mejores amigos y amigas sí que estaban metidos en el ajo. Y miedo me daban…

–Va a ser épico, ya os lo digo yo –Hugo estaba eufórico.

–No la vayas a liar tío, que siempre acabamos pendientes de que no hagas ninguna tonterías, eh –Andrea prefería una noche tranquila.

Como he dicho antes, en mi grupo de amigos éramos siete: Hugo, Rubén, Jorge y Diego eran los chicos, y básicamente se comportaban como cualquier chico de 18 años se comporta. Eso sí, podían llegar a ser todo un encanto si se lo proponían. Por otro lado estábamos Cris, Andrea y yo, que éramos inseparables y pasábamos la mayoría de nuestro tiempo en clases de baile o escuchando el último disco de nuestros artistas favoritos mientras fantaseábamos con llegar lejos algún día, o simplemente con aprobar todos los exámenes con buena nota.

Los padres nos dejaron en la gran puerta negra de aquel local y Hugo se apresuró a quitar el candado. Entramos todos a la vez fascinados por lo guay que era el sitio: había dos barras distintas, mesas y sillas azules a juego, una cabina para el DJ y una pequeña área con plantas… el comité había hecho un gran trabajo.

–¡Que comience la fiesta amigos! –Jorge gritó desde la cabina del DJ justo antes de reproducir la primera canción de la noche: ‘Libre’, De Nino Bravo. Nuestro verano acababa de comenzar.

—–

Las horas iban pasando y yo aún seguía con mi primera copa medio llena. Estaba más interesada en inventarme bailes con Andrea que en beber sin motivo –quién me lo diría ahora…-. Normalmente solía inventarme pequeñas coreografías con Cris, pero llevaba casi una hora sin verla.

–Andrea, ¿has visto a Cris?

–No, bueno sí, hace como una hora –recapacitó –ahora que lo pienso… la vi salir fuera con Diego…

Andrea y yo nos miramos probando que las dos estábamos pensando lo mismo. Cris nunca había congeniado del todo con Diego, y Andrea y yo creíamos que realmente era porque se gustaban, y mucho, pero ninguno de los dos había sido capaz de aceptarlo.

–Por favor, que sea lo que estoy pensando… ¡harían una pareja genial! –Andrea no podía esconder su emoción. –Son tal para cual… –era una romántica empedernida. ERA.

–Y parece que ellos son los únicos que no se dan cuenta…

–Esperemos que esta vez sí que hayan caído –no paraba de sonreír.

Andrea y yo seguíamos fantaseando con la idea de que algo hubiera pasado entre ellos cuando vimos a Cris acercarse con paso ligero hacia nosotras dos. No podía disimular su amplia sonrisa; su largo pelo ondulado bailaba al ritmo de sus pasos.

–¡Chicas! ¡tengo que contaros algo! –su emoción era más que evidente.

Nos alejamos del bullicio tan rápido como pudimos y nos sentamos en la calmada área rodeada de plantas para escuchar aquello que ya podíamos predecir.

–¿Qué te ha dicho? ¿qué ha pasado? –Andrea preguntaba impaciente.

–Me da vergüenza chicas… –susurraba Cris bajo una sonrisa inocente y dulce.

–¡Venga Cris! No te hagas de rogar… –le animé.

–Vale… pero no quiero que me cortéis hasta que haya acabado. Las preguntas luego, ¿de acuerdo?

–De acuerdo –entonamos Andrea y yo a coro.

Cris nos contó que Diego se acercó a ella al verla apartada de los demás. Se estaba atando la sandalia y al parecer él hizo una gracia -sin gracia alguna- para “romper el hielo”. Dice que se le notaba nervioso y algo tímido, que es bastante raro en él. Entonces, le preguntó a Cris que si le importaba que hablasen fuera, a lo que ella asintió haciendo como que no sabía de qué iba la cosa, aunque tenía más que claro qué estaba pasando ahí.

–Íbamos andando el uno al lado del otro sin mirarnos y sin hablar… ¡vaya par de imbéciles! –todas nos reímos–. No sé, ha sido todo un poco incómodo la verdad… –Cris no podía esconder su sonrisa– nos hemos sentado en la acera entre dos coches… y bueno… me ha dicho que le gusto mucho y que siente que siempre estemos discutiendo, pero que mi carácter es lo que más le gusta de mí… –seguía sonriendo.

–¿Y entonces qué? ¿os habéis liado, no? – Andrea es muy directa.

–¿Tú qué crees? –anticipé el final de la historia.

–Hemos empezado a salir, estamos juntos oficialmente –afirmó Cris.

–Pues sí que os habéis dado prisa… –dije. Me parecía bastante precipitada la situación– pero si estás segura, nosotras te apoyaremos, ya lo sabes.

–Y si te hace daño, va a ser él el que saldrá perdiendo– Andrea hizo una mueca digna del hampa y las tres nos reímos.

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