El verano había comenzado de la forma más simple y sosa posible. No tenía ningún plan interesante para los siguientes dos meses y medio, y aún tenía que decidir antes de que finalizara el mes qué quería estudiar, y dónde.

Mi cabeza estaba hecha un lío. Había hablado de esto miles de veces con mis amigos, y todos tenían clarísimo qué harían, menos yo. Cris estudiaría marketing en Madrid y Andrea Ingeniería del Diseño del Producto o algo así, también allí. Jorge haría Ingeniería Informática en la Politécnica de Madrid y Hugo seguiría con sus estudios de piano en la capital con los demás. Por desgracia, Rubén y Diego no nos acompañarían en esta nueva aventura: Rubén se iba derechito a Barcelona con su padre. Haría empresariales y seguiría con el negocio familiar, mientras que a Diego, su nota para estudiar medicina le llevó derechito a Valladolid.

Todos habían decidido menos yo. Siempre me había gustado la publicidad, pero no sabía si serviría para ello… la verdad es que tenía miedo a fracasar. Siempre había tenido miedo a no conseguir lo que me proponía, y aún lo sigo teniendo.

Lo único que tenía claro es que necesitaba salir de aquel pueblo, necesitaba aire fresco, un lugar nuevo en el que soñar con una vida llena de creatividad, nuevos ambientes… y tan solo me quedaban dos meses para comenzar a hacerlo realidad. Sinceramente qué estudiar era lo de menos para mí siempre y cuando pudiera imaginar y crear.

Por otra parte, la novedad del verano -en todo el pueblo- seguía siendo la pareja de moda: mis amigos Cris y Diego, que estaban “loquitos” el uno por el otro. No había día que no se vieran o que Cris no nos dijera lo contenta que estaba o lo “maravillosamente bien que se portaba” con ella. No quiero que se me malinterprete, me encantaba que estuvieran juntos, pero eran demasiado pastelosos y romanticones para mí. Yo era -y sigo siendo- todo lo contrario, aunque no voy a negar que sentía algo de celos sanos…

A pesar de que ya habían pasado unos cuantos meses desde que no había hablado con Carlos -el cabronazo con el que salía- seguía sintiéndome mal cuando recordaba lo bien que habíamos estado. Se convirtió en una persona muy importante en mi vida en un momento en el que no me sentía del todo arropada en mi grupo de amigos.

Nos conocimos unos seis meses antes de empezar a salir, en uno de los campeonatos deportivos que se organizaban en el pueblo. Su equipo de voleibol se enfrentaba a nuestros amigos en la final, y nosotras habíamos ido a darles ánimo. Estábamos al borde de la pista cuando un balón perdido me dio de lleno en la cara y me dejó tirada en el suelo completamente KO. Lo siguiente que recuerdo es abrir los ojos y verle a él, un moreno con ojos color miel y cara de preocupación mirándome y sin parar de preguntarme si estaba bien.

–¿Hola? ¿Puedes oírme? ¿estás bien? –realmente se le veía preocupado.

–Sí… voy a intentar… –dije mientras me incorporaba.

–¡No, no te muevas! Puedes marearte –me dijo con una voz suave– ¡chicos por favor, apartaos! estamos agobiándola… perdona, he dado con demasiada fuerza al balón.

–No te preocupes, es solo un golpe –conseguí decir aún conmocionada.

–Soy Carlos, por cierto –me dijo mientras sonreía.

A partir de ese momento empezamos a hablar cada día, teníamos muchas cosas en común, pero creo que todos aquellos intereses en los que no coincidíamos eran los que hacían que quisiéramos saber más y más el uno del otro. Se convirtió en mi mejor amigo, y me sentía más arropada con él que con cualquiera de mis amigos de siempre.

La etapa en la que Carlos se cruzó en mi camino coincidió con un tiempo en el que a pesar de estar muy bien con mi grupo, no tenía a nadie en quien confiar cien por cien. Cris y Andrea se habían apartado, y con Carlos a mi lado eso ya no importaba tanto. Ahora todo esto me suena hasta ridículo.

Al final, una cosa llevó a la otra y acabamos saliendo, pero dos meses después decidió dejar de contestar a mis mensajes y de cogerme el teléfono. Así de simple, así de cabrón.

A las dos semanas decidí que era hora de una explicación, por lo que me presenté en su casa, llamé a la puerta, y allí estaba ella: Eva -la chica de las piernas de infarto, sí- y por detrás apareció Carlos intentando darme una especie de excusa absurda que no fui capaz de terminar de escuchar porque habría acabado partiéndole la cara, así que di media vuelta y me fui. A partir de ese momento me prometí a mí misma que al menos por un tiempo -un tiempo muy grande- no tendría nada serio con nadie. Era joven, quería ser independiente y no merecía la pena pasarlo mal por ningún tío. Con 18 años recién cumplidos ya me había dado cuenta de ello.

Lo más entretenido que recuerdo de los meses de julio y agosto son las maratones de películas que Andrea y yo hacíamos dos veces por semana -nos habíamos convertido en toda unas expertas de las superproducciones de Hollywood- y las vacaciones en Málaga con mi familia. Todo lo demás fueron pequeñas quedadas con mis amigos en la piscina de Cris y las típicas fiestas de pueblo en las que en vez de beberte la sangría de tu vaso, se la echas por encima al que tienes al lado mientras bailas ‘Paquito el chocolatero’.

Por aquella época disfrutaba más del cine y de la música que de cualquier otra cosa. Fue entonces cuando contraria a todas mis creencias, encontré al amor de mi vida. Era guapo, apuesto, tenía los ojos azul verdoso, unos labios inmejorables y un acento a lo british de infarto. Se llamaba Jude Law, y yo me había casado con todas y cada una de sus películas. Tenía -y tengo- una obsesión con el actor británico, y no me avergüenzo de ello. Lo cierto es que creo que encontré en el cine una manera de apartarme algo de mi vida real, una vida con la que era feliz, pero que no me llenaba.

El 7 de septiembre de 2013 hice mis maletas y me fui a la capital. Me había matriculado en Publicidad y Relaciones Públicas. La aventura comenzaba.

Por cierto, me llamo Sofía.

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